Procesión Temprana
Al despuntar el amanecer del Viernes Santo, cuando aún el silencio cubre las calles de El Provencio, la Cofradía del Santísimo Sacramento protagoniza uno de los momentos más hondos de la Semana Santa: la Procesión Temprana, o del Encuentro.
Un rito antiguo, transmitido de generación en generación, que cada año vuelve a reunir a todo un pueblo para revivir, en la penumbra de la madrugada, el camino del Señor hacia el Calvario.
La procesión recorre las calles del casco antiguo, partiendo de la puerta norte de la iglesia y avanzando por Calle la Iglesia, los Pasos, Carretas, San Antón y La Virgen. Desde allí continúa por Alejandro Bonilla y Los Romeros hasta Comandante Marchante, para regresar finalmente a la plaza y entrar por la puerta sur del templo.
En este itinerario se representan, a través de tres Encuentros, las tres caídas de Jesús: uno en la calle La Iglesia, otro en la calle La Virgen y el último en la plaza de la Iglesia.
Cuando la procesión se detiene para el primer Encuentro, las imágenes del Santísimo se preparan: el Jesús de Medinaceli y Jesús Nazareno son bajados al suelo, símbolo de la caída de Cristo bajo el peso de la cruz.

San Juan, llevado de lado por sus costaleras —única imagen que procesiona así—, avanza primero hacia el Nazareno y después, hacia la Virgen Dolorosa con tres suaves reverencias a cada uno. Con cada una de ellas parece indicarle a la Virgen: “Por allí va tu Hijo.” Ella, fija en sus horquillas, observa con el rostro lleno de angustia. No se mueve, pero su inmovilidad transmite todo el dolor de una madre que presiente el sufrimiento de su hijo.

Entonces aparece la Verónica, portada a brazo por sus costaleros. Se acerca primero al Jesús de Medinaceli, al que saluda tres veces, y luego al Nazareno, ante quien realiza seis reverencias: tres de avance y tres de retroceso.
En el momento culminante, el capataz de la Verónica tira de una cuerda casi invisible y el sudario blanco se eleva, descubriendo el otro, con el rostro de Cristo impreso. Es el instante en que la Verónica enjuga el rostro del Señor, y el pueblo entero contiene la respiración.
A continuación, la Verónica se dirige a San Juan; frente a frente, ambas imágenes se inclinan a la vez en un gesto de respeto y reconocimiento. Después, se encamina hacia la Virgen Dolorosa, a la que dedica seis reverencias —tres de avance y tres de retroceso—, como queriendo ofrecerle consuelo con el paño aún extendido.

El Nazareno, pesado y solemne, vuelve entonces a levantarse: primero al antebrazo, luego al hombro. Ese esfuerzo compartido de los anderos, que se alzan con devoción tras el rito, encierra buena parte del espíritu de esta procesión: la fe que se hace cuerpo, el sacrificio que se convierte en ofrenda.
Los siguientes Encuentros —en la calle La Virgen y en la plaza de la Iglesia— repiten el mismo ceremonial, evocando la segunda y tercera caída de Cristo. Cada saludo, cada movimiento, cada silencio tiene su sentido; todo se conserva tal y como lo hicieron los mayores, con la precisión y el respeto que solo otorga la tradición viva.

Es el momento en que la Cofradía comienza a asumir el doloroso desenlace que culminará a las dos de la tarde, cuando se cierre la Vela al Monumento, símbolo de que el Señor ya muerto.

Cuando las imágenes regresan al templo, el Nazareno es retirado de sus andas. En su lugar se coloca al Sepulcro, que será llevado al altar.
Concluido el acto, el pueblo se reúne para compartir la tradicional chocolatada, un gesto de fraternidad que devuelve algo de calor a la madrugada.
Así, la Procesión Temprana no es solo una representación, sino una herencia espiritual.
Una manifestación de identidad y de fe que, desde hace siglos, une a la Cofradía del Santísimo Sacramento con el alma de todo un pueblo.
